Cuento de Navidad

3.1.19 María 2 Comentarios


—Bueno, abuela, ahora estamos solos, así que no la líes, ¿vale?

Me mira y sonríe. Como se mee o se cague encima me tiro por la ventana. Espero que mamá y la tía vuelvan rápido.

—Volviste, Manuel, volviste. Volviste. ¿Qué hora es?

—Soy tu nieto Javier. Tus hijas no están, se les ha quemado el cordero y han ido a buscar otra cosa para cenar, ¡ahora!, a dar por culo a la pobre gente que esté trabajando hoy.

Mi mirada pasea inquieta por el salón de mi tía, viejo y lúgubre, hasta que tropieza con el Niño Jesús en el Belén. Agarro la figura y la miro fijamente.

  —Otro cordero, el de Dios. Más te valdría haberte quedado en tu planeta, chaval —, digo, y vuelvo a dejarlo en su sitio. Me sobresalto al ver de nuevo a mi abuela; con la tontería se me había olvidado que estaba allí.

Tanto mi abuela y yo vamos llevamos ropa oscura. Apenas se nos distingue. Nos sentamos en los sofás, demasiado mullidos; más bien nos atrapan como un agujero negro.

—Pues mira, abuela, yo estoy aquí hoy porque Elena me ha dejado la semana pasada. Me ha echado de casa; en realidad me he ido yo, pero me ha echado implícitamente. Qué sibilina, la hija de puta.

—Ya no está eso. Ella se lo llevó. ¿Qué hora es? Ella se llevó mi eso.

—No estábamos bien, no. Elena no era feliz a pesar de todo lo que yo hacía por ella, y yo no era feliz… pues no sé por qué. Eso ella no lo entendía. Y todo el rato broncas y peleas. Quería saber la verdad, decía. Y una mierda. Nadie quiere saber la puta verdad. La verdad es como una manta que siempre te deja los pies fríos. Eso es de una peli, ¿sabes, abuela?

—¿Qué hora es? Recoge las vacas.

—Abuela, yo al pueblo no vuelvo. Es que es ir subiendo por la A6 y me pongo malo. Ya sé que a ti también te dejó un novio, antes de casarte con el abuelo, y que desde entonces no levantas cabeza. Yo soy igual de gilipollas, ¿sabes?. Seguramente acabaré tarado como tú. Pero lo bueno es que yo no llegaré a los noventa ni de coña, ventajas de ser tío.

Algo hace clic dentro de mi cabeza. El final va a ser el mismo; qué importa el deterioro, los baches, las fisuras. Yo soy mis defectos, y estoy aquí ahora. Es un momento y un lugar tan bueno como cualquier otro.

De un bote me libero de la presión del sofá. Me fijo en la luz de las farolas que se cuela entre las cortinas y la del descansillo que entra por debajo de la puerta. Percibo un brillo muy pequeño al fondo de los ojos de mi abuela. Una enana blanca que tal vez se haya apagado ya. O no.

Me rugen las tripas. Traigo de la cocina unas aceitunas y la bandeja de dulces.

—Abuela, vamos a pasar de estas dos. A ver qué tenéis en el mueble bar. Venga, un anisete.

Le lleno medio vaso de anís, que ella agarra con mano temblorosa. Bebe un sorbito y mira el vaso, sorprendida. Supongo que esperaba agua.

—San Cosme bendito. ¿Qué hora es?

Miro los pequeños arcoiris que la luz de la lámpara forma a través de los arañazos del vaso. Sé que mi madre y mi tía volverán pronto. Hoy pondré música y las obligaré a bailar. Les rellenaré la copa de vino cuando no miren. Les pediré consejo en materia sentimental y escucharé sus truculentas historias del pueblo; luego las repetiré, exageraré y retorceré hasta que nos den risa.

Unos ronquidos me sacan del ensimismamiento. Mi abuela se ha dormido en el sofá, tras pimplarse el anís.

—Feliz Navidad, abuela  —digo mientras la arropo con una manta, cuidando de taparle bien los pies.


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